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Con el respaldo de Francisco una monja de clausura es la única que lleva el registro de mujeres trans fallecidas

Con el respaldo de Francisco una monja de clausura es la única que lleva el registro de mujeres trans fallecidas

Mónica es protagonista de una historia conmovedora. Es monja de clausura, pero optó por ayudar y no quedarse solo con la oración y el silencio. Desde hace 11 años ayuda a mujeres trans para evitar que caigan en el flagelo de las adicciones o la prostitución.

 

Mónica era monja de clausura en el monasterio de las Carmelitas Descalzas, en Neuquén, allí conoció a Katy una mujer trans que sobrevivía con la prostitución desde la adolescencia, tenía VIH y era alcohólica. La monja se sentó con Katy y con otras dos mujeres trans que estaban en la misma situación, les dijo que había que hacer algo con sus vidas y, para buscar un hilo del que tirar, les preguntó cuáles eran sus sueños: una dijo que quería ser cocinera, otra dijo que quería tener su propia peluquería. Katy, que ya veía en qué condiciones terminaban las vidas de sus compañeras de la calle, le dijo: “Yo quiero una cama limpia para morir”.

“Fue hace 11 años y para mí esa frase fue un detonante”, contó Mónica Astorga Cremona (52) a Infobae desde el monasterio en el que vive, en las afueras de Neuquén. En ese entonces, Katiana Villagra (54) -Katy- vivía en una habitación precaria a pocas cuadras del centro de Neuquén junto a otras mujeres trans que tampoco tenían más opción que prostituirse. Los vecinos querían que se fueran, por eso a Katy le incendiaron la habitación.

“Cuando conocí a Mónica yo veía que cada vez que una de mis compañeras de la calle llegaba a la etapa final del VIH, la mandaban a morir a casa. Como la mayoría fuimos desarraigadas, expulsadas de nuestras familias, nos acompañábamos en la fase final entre nosotras. Yo reparaba en que las camas estaban siempre sucias, y era por la medicación que había que darles y por la comida que había que tratar de pasarles por unos tubos. Y me parecía tan triste morir así, tan jóvenes y en una cama tan sucia”.

Katy estaba convencida de que ella era la próxima. Vivía con VIH y tenía poco más de 40 años, cuando el promedio de vida de las mujeres trans es de 35 años, según datos de la Asociación de Lucha por la Identidad Travesti-Transexual (ALITT).

“No las aceptaba nadie -recuerda Mónica-, tampoco la Iglesia que es tan machista. Tenían que salir a prostituirse después de las 2 de la mañana, porque antes estaban los más jóvenes que les tiraban piedras y botellazos. Y tenían que esconderse antes del amanecer, porque a la mañana los padres llevan a los chicos al colegio. Por eso yo digo que son y siguen siendo la basura de la sociedad: la basura se saca a la noche y de día tiene que desaparecer para que la ciudad amanezca limpia”.

Katy empezó a coser en una cooperativa. “Pero no fue nada fácil, había que motivarlas todos los días. Ellas venían de ganar mucha plata en una noche y te imaginas lo que ganaban en un taller de costura. Ellas decían que tenían que vivir el hoy: ganaban mucho y gastaban mucho porque sabían que sus vidas iban a ser cortas”.

Hace 7 años dejó la prostitución. Después, empezó un tratamiento en Alcohólicos Anónimos y hace 4 años y cinco meses que está “limpia”. Ahora dirige su propio taller de costura: se llama “Renacer”. “Ay, perdón”, dice Katy, y hace un silencio breve al otro lado del teléfono. Es que cuando nombra a Mónica y cuenta lo que significó que alguien le tuviera fe después de 30 años lejos de su familia, se emociona.

El boca en boca hizo el resto: desde aquel día en que Katy le dijo a Mónica aquello de la cama limpia, ya pasaron por el monasterio 90 mujeres trans. Hoy, una de ellas es asesora de una concejal, otra trabaja en la Dirección de Diversidad; otra en la Oficina de Violencia contra la mujer, y dos de ellas pudieron acceder a los cupos para mujeres trans en empresas privadas. Una trabaja en un Rapipago como cajera, la otra en una clínica como mucama.

Por lo que hace, Mónica recibe críticas, amenazas e insultos, no sólo en sus redes sociales. “El otro día, una tía me gritó ‘tantos niños abandonados y vos protegiendo a esos trolos enfermos, habría que matarlos a todos’. Me dolió mucho, aunque agradezco recibir esos insultos porque me ayudan a sentir lo que sienten ellas desde que se levantan hasta que se acuestan”, dice Mónica. “Acá se juegan varias cosas que generan resistencias. A muchos les choca que una Carmelita Descalza y encima mujer esté metida en un lugar que nadie quiere tocar”.

La hermana recordó que tiempo atrás una mujer le preguntó: ¿Usted les dice que viven en el pecado, no? Y yo pienso: ¿Vos quién sos para cerrarle las puertas de la Iglesia a una mujer trans? ¿Quién sos para decirle que tiene que vestirse como hombre? ¿Quién sos para decirle a un gay o una lesbiana qué puede hacer con su vida? Eso confundimos dentro de la Iglesia, nos creemos tan perfectos que pensamos que tenemos autoridad para decirle al otro quién tiene que ser”, opina.

Pero entre los insultos, Mónica también recibe mails de afecto y felicitaciones. El Papa Francisco, a quien conoce desde que era Jorge Bergoglio le escribió: “en la época de Jesús, los leprosos eran rechazados así. Ellas son los leprosos de la actualidad. No dejes el trabajo de frontera que te tocó”.

 

Fuente: LA GACETA Salta

 

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4 octubre, 2018

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